Una mesa para todos
Sobre la mesa aparecen las tazas, la leche caliente, algún jugo si el calor aprieta, galletitas, budines. Hay un desayuno esperando.
Las mañanas de los martes hacemos lugar al desayuno compartido. Este espacio nació de algo simple y urgente: escuchar. El equipo de Trabajo Social del hospital venía observando una demanda creciente de alimentos entre usuarios ambulatorios que muchas veces llegan temprano, pasan horas en el hospital, o que simplemente encuentran allí un lugar donde estar.
¿Y cómo no atender cuando alguien golpea la puerta y sólo pide algo para comer?
Así comenzó este proyecto. Se diseñó una estrategia para gestionar alimentos y ofrecer un desayuno. La mesa empezó a convertirse en un ritual, inscribió una pausa, un momento para compartir, conversar, conocerse y reencontrarse. Un espacio donde circulan historias, silencios, bromas, preocupaciones y nombres propios. Un lugar que aloja.
El desayuno fue construyéndose también como un dispositivo clínico y comunitario. Sabemos que alrededor de esta mesa no sólo se comparte comida, sino que también se producen vínculos, identidad y pertenencia.
“Lo que buscamos es restituir la palabra. Dar lugar al decir, que las personas usuarias dejen de ser espectadores y se conviertan en autores de sus propias historias. En un lugar compartido, en un presente común”, comenta uno de los profesionales del equipo.
En tiempos de tanto individualismo y fragilidad, donde todo es urgente, un espacio para el desayuno nos recuerda la importancia de los gestos cotidianos: una taza caliente, una conversación, alguien que espera o pregunta por el otro, una mesa donde hay lugar para todos.